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Crónica: Tsunami Xixon - Gijón (03/08/2018)

03/08/2018, Gijón
8.0
Laboral Ciudad de la Cultura
8
Laboral Ciudad de la Cultura, Lleno
Precio: 59 euros

Segunda edición del festival Tsunami en Gijón –primera visita de Feiticeira- con el objetivo de consolidar esta cita veraniega para seguidores del punk rock y géneros colindantes (garaje, hard-rock, metal… y este año incluso electrónica). Enclavado en un recinto declarado bien de interés cultural con la categoría de Monumento (universidad Laboral), su particular fisionomía y la distribución de los espacios lo convierten en un paraje “exótico” para el disfrute de un festival de estas características. Además, como puntos fuertes: alternancia de dos escenarios para no solapar actuaciones, precios populares, baños en el edificio principal y variados puntos de descanso. 

Dos bandas asturianas ejercieron de teloneros del grueso del cartel del primer día. Dos grupos cuya base rítmica y manejo de las guitarras determinan las diferencias de dos estilos distintos en su concepción pero igual de enérgicos al ser transmitidos. Tigre y Diamante son un dúo que aglutinan pop, surf y punk dentro del envoltorio del garaje más primario. La jugada de los cuatro acordes les sale bien… con sus limitaciones, obviamente. Por su parte, Green Desert Water son el reflejo del puntillismo guitarrero al servicio del stoner más psicodélico. A ellos les tocó el escenario secundario, el chiquitito, así que su caleidoscópico y alucinógeno sonido abrasó los cerebros de los asistentes al unísono con el sol, que aún calentaba con cierta fiereza a esas horas del día. Ramalazos de hard-rock y blues progresivo, trasladando al personal a la década setentera. Lo de siempre: si hubieran surgido en otro país, su repercusión sería mayor en la escena (inter)nacional.

Por su parte, a sus 66 años, Marky Ramone sigue paseando su batería por todo el mundo para perpetuar el legado de los Ramones mientras le quede un mínimo aliento. En la gira actual hay un intenso aroma patrio ya que cuenta con el vocalista Iñaki Urbizu para emular al legendario Joey. Además, las seis cuerdas han sido asignadas a Greg Hetson (Circle Jerks y ex-Bad Religion). Ni un respiro durante sus 50 minutos: “Rockaway Beach”, “Sheena Is A Punk Rocker”, “Beat On The Brat”, “I Wanna Be Your Boyfriend”, “Rock´N´ Roll Highschool”, “The KKK Took My Baby Away”, “Pet Cementery”, “I Wanna Be Sedated” o “Do You Remember Rock´N´Roll Radio?” hasta eyacular con “Blietzkrieg Bop”.

Desde Tarragona, Crim recogieron el testigo para representar la faceta más rápida y potente del hardcore melódico con pegadizos estribillos. El escenario pequeño fue así testigo de los primeros puños altivos y pogos intensos de la jornada, resonando sus letras en catalán con las que atraer a un público dispuesto a comulgar con otros puntos de vista de la actualidad sociopolítica que vivimos hoy en día. Su versión del “Watch Your Back” de Cock Sparrer resume esa filosofía.

Y llegamos al que fue, junto con el de Gogol Bordello, el gran concierto de la jornada. O lo que es lo mismo: la gran sorpresa o magnífico descubrimiento que ha sido disfrutar del show de los suecos Royal Republic. Si bien siguen claramente la estela de compatriotas afamados como The Hives (tanto en lo musical como en la estética), estos chicos de la ciudad de Malmö,  coordinados con estupendos trajes bordados con cientos de lentejuelas, agitan aún más la coctelera de sus influencias y aunque a su música le falta un toque de personalidad en lo compositivo, en directo mantienen cierta sofisticación y miman la puesta de escena. Tal vez ese uso desmedido de los bailes y un sentido del humor limítrofe con el “payasismo” pueda restar credibilidad a su propuesta discográfica, pero hay que saber leer entre líneas (la versión acústica de “Addictive” entonada a modo de coro colegial o la versión de “Battery” de Metallica) para valorar sus aptitudes musicales más allá de la parafernalia que rodea cada una de las canciones. 

De regreso al escenario pequeño, Minor Empires aliñaron su post-rock melódico y etéreo con la magia de ese recinto tan íntimo con forma de anfiteatro improvisado. Su cantante, Juan Blas, marca las melodías con su habitual mezcla de rabia y fragilidad, puerta de entrada para los cambios de ritmo quebrados que vertebran la propuesta del combo madrileño. Repertorio centrado en su tercer lanzamiento (“United States of Emergency Vol.2”), público fiel en las primeras filas y sobre todo la sensación de que hay dignos representantes de esa evolución del ampliamente denominado rock alternativo de los 90 hacia pasajes más abstractos.

Parece que no pasan los años para el cantante Eugene Hütz o el violinista Sergey Ryabtsev al frente de Gogol Bordello. El proyecto multi-racial-nacional con base en New York sigue alzando su altavoz vocinglero frente a todo tipo de audiencias a lo largo del ancho mundo, denunciando injusticias y representando al colectivo (in)migrante como si fueran un sindicato internacional. Lo hacen sobre las tablas con su gipsy punk balcánico, regado de bailes frenéticos y botellas de buen vino. Así consiguen imprimir la mezcla genuina de diversión y dramatismo que emanan de temas como “Wonderlust King”, “Start Wearing Purple”, “Not A Crime” o “Inmigraniada (We’re Coming Rougher)”.

Dead Bronco es una de las grandes (y desconocidas) bandas de este país (son de Getxo), curiosamente con una propuesta tan minoritaria y lejana a cualquier raíz cultural de la península como es la fusión del folk americano (bluegrass, hilbilly o country) y el punk. Todo eso viene por la simbiosis entre su frontman Matt Horan y sus secuaces, quienes han parido hace unos meses su cuarto disco: “Driven By Frustration”. No importan las dimensiones del escenario: ellos enfocan su espectáculo como si estuvieran pimplando unas buenas botellas de whisky encima de las tablas de un salón del Salvaje Oeste, con las pistolas a punto de humear mientras regalan al personal anécdotas, chistes y otras especies. Tal vez su propuesta sea demasiado concreta para el gran público, pero su profesionalidad está fuera de toda duda.

La nota negativa del día la puso el principal reclamo para el público que no acudía con el abono de fin de semana, The Prodigy, otorgando la razón a aquellos que criticaban la inclusión de un grupo de electrónica en esta edición. Es cierto que la actitud punk del proyecto británico comandado por Liam Howlett ha acompañado al grupo durante buena parte de su existencia y,  aunque sus últimos discos transiten por fórmulas más accesibles, en directo siempre han demostrado su gusto por la anarquía visual y estética amén de hilvanar las máquinas con batería y guitarra.  Por desgracia salieron tarde, desganados, con un sonido pésimo y deseando dar las buenas noches al respetable. Exceptuando algún conato de comunión con el público por parte del MC Maxim, aquello fue un show plano con bases muy distorsionadas. Mala suerte para los que sólo acudieron por ellos y para la organización.