Séptimo disco ya de Triángulo de Amor Bizarro, «Mi Catedral» se presenta como un disco de nuevos retos. Primer disco como trío (planteamiento que ya alumbró sus primeros tiempos) y primer disco fuera de Mushroom Pillow y en la tentacular Sonido Muchacho. Pero sobre todo, un disco planteado como un «renacimiento» del proyecto tras esa gira recopilatoria en la que tocaron discos en su totalidad. Como casi siempre, no sabe uno qué esperar y este disco en concreto -especialmente tras su autoconclusiva versión del «Bizarre Love Triangle» de New Order– sorprende por el peso específico de las guitarras, olvidando casi por completo esos sintetizadores que iluminaron de forma tenue hitos de su última época como «No Eres tú», «Fukushima» o «Estrella Solitaria».
¿Estamos por tanto ante el disco más clásico de Triángulo de Amor Bizarro? En cierto modo sí, dentro de la esquiva idiosincrasia de los gallegos. La producción tiene mucha presencia y no deja casi nada al azar, los arreglos son más ricos que nunca y la banda se ha atrevido a meter pianos y cuerdas en varios temas. Esto resulta de repente chocante, pero aunque la madurez amenaza, nunca resulta aburrido. Al mismo tiempo sigue avanzando lenta pero segura, esa tónica en la que la voz de Isa se hace el control de la práctica totalidad del disco.
Es ella la principal encargada de poner cara a los Triángulo de siempre, los que funcionan y enamoran. «Mi Catedral» da apropiadamente título al disco pues es fácilmente la canción más monumental, combinando una intro de teclados misteriosos con ritmos bailables y guiños gloriosos al indie-rock noventero. Hermanas menores serían «Diosas Adolescentes», «Odio a mi Generación» y «Sacrificio» (¿la «Vigilantes del Espejo» de Isa?), otras tres píldoras de dulce acidez que encenderán a golpe de melodías shoegaze los ánimos de cualquier incondicional. Y no es poca cosa seguir firmando hits con el carro de ellos que llevan acumulados, pero claramente el trío no iba a quedarse en su zona de confort.
El apartado de sorpresas es más variado y se reparte por todo el disco. Van desde la oscura intro de piano de «SMT en el Palacio Real» que acaba estallando en uno de los temas más rockeros del álbum, podría ser una «Estrella Antivida» más orgánica. Y es que sus canciones están tan en nuestro ADN que la autorreferencia es ya inevitable. Así, es normal que la ruidosa y rítmica «Media Vida» nos recuerde, merced a la atropellada lírica de Rodrigo, a «Ellas se Burlaron de mi Magia». «Pat a Trenca» es un obvio desafío para el trío al buscar un medio tiempo noventero con una solemnidad orquestal de la que seguramente hubieran renegado en el pasado. En efecto, de un patrón prestado al «Something in the Way» de Nirvana, evoluciona a una suerte de «Disarm» de Smashing Pumpkins mucho más recargada. Se podría resolver mejor, pues su alargado minutaje se siente falto de un remate lo suficientemente contundente o catártico. Igualmente osada y dramática resulta «En la corte del E.» que desde el estremecimiento de la voz de Isa con una acústica, estalla en desbocado rock progresivo.
Pero por mucho que les guste el delirio místico, los de Boiro siempre tuvieron los pies mucho más en la tierra que cualquiera estrella de la música y se posicionaron en el lado correcto de la historia. Eso les lleva a dedicarle un excéntrica oda psicodélica a Luigi Mangione en «Matar a un Rey», que va desde los Beatles a Neu! en un abrir y cerrar de ojos. O a cantar que «en Palestina Dios muere todos los días» en «BBBMV a.r.m.a.s», un shoegaze gordísimo que pondría en trance a Kevin Shields.
Rompiendo esta faceta más seriota de la banda (en este sentido, es fácil emparentar «Mi Catedral» con su disco negro) se celebra mucho el soplo de aire fresco de «Este Contra Oeste», un alegre choque entre The Jesus & Mary Chain y el brío de Carolina Durante, que nos recuerda a los primerísimos tiempos de la banda con un divertido juego vocal entre Isa y Rodrigo y el trepidante ritmo de batería de Rafa. Aquí sí que huele a espíritu adolescente y a colonia chispas
«Mi Catedral» es un disco ambicioso para una banda que hace muchísimo que todos dábamos por amortizada, en el mejor sentido del término. Tiene algunas asperezas limables (el filtro en las voces resulta excesivo por momentos), quizá haya un par de canciones que no estén al nivel del resto («La Era Chapada en Oro» es algo inane para sus estándares), quizá otro orden del tracklist tendría más sentido. Pero también esos detalles abruptos contribuyen a la personalidad de una banda que, como todas las que importan, siempre ha jugado con sus propias reglas. En todo caso, continúan siendo una de las mayores alegrías de la música popular en español y desde aquí no podemos sino declararnos en fiesta cada vez que editan nuevo disco.






