blog de Raúl Rey

Mié, 18 Diciembre

¿Por qué los 90? (2ª Parte)

Tras el éxitoso balance de la primera entrega (la gente le dio likes y por otro lado Ticketmaster no nos demandó) de mis divagaciones noventeras, regresan los 90 a este blog para ayudarnos a desentrañar qué hostias pasa con todo este revival que no parece tener fin a la vista.

Dejad atrás todos vuestros bienes materiales tecnológicos y quedaos sólo con vuestra camisa de cuadros, que volvemos a la década innombrable.

 

Los videoclips

Los videoclips en los 90 molaban tanto como han perdido con el paso de los años. El auge de la MTV coincidió con el momento en que “Smells Like Teen Spirit” relegó a Guns N’ Roses, Michael Jacksons, Whitney Houstons y demás a un segundo plano, para deleite de nosotros, amigos del guitarreo pero no tanto de Axl marcando paquete. Era muy bonito que la primera vez que escuchabas algo de un grupo o disco, fuera a través de la experiencia audiovisual del videoclip. Algo que por otro lado también sembraba el campo para los siempre entrañables one hit wonders.

Lo cierto es que hacerse hoy en día una sesión de videoclips de la década debe ser un suplicio para cualquiera que no sienta un alto grado de nostalgia. Píxeles como puños del Youtube unidos a la calidad VHS, hipersaturación cromática, ropa vieja y pelo sucio, vaqueros cortos rotos a la altura de la rodilla combinados con botas militares, caras forzadas de psicópata, gente haciéndose la loca y bichos por doquier: ranas, cucarachas, lombrices, moscas... la fascinación de la época por los bichos no tenía fin. Los perros callejeros también solían tener su lugar. Quién iba a sospechar que años más tarde iban a tomar el relevo exóticos búhos, medusas y gatos, muchos gatos.

Menos mal que estaban ahí iluminados como Spike Jonze, Michel Gondry o Chris Cunningham para salirse del guión y poner el toque artístico al asunto. Nunca separaremos de sus imágenes el “Buddy Holly” de Weezer, el “Everlong” de Foo Fighters o el “Come to Daddy” de Aphex Twin. Ni que decir tiene que nuestra amiga Björk Guðmundsdóttir trabajaría con los tres la muy moderna, pero contrariamente a lo que nos han hecho pensar, el hit-video “Dónde vas tunante” no pertenecía a Gondry, sino a otro francés que pasaba por allí.

“Paranoid Android”, un vídeo más freak que el programa las Mama Chicho y el Telecupón juntos.

 

La gente en los conciertos

Quizá son cosas de la inocencia que hemos perdido con Internet y el postureo extremo de que tal grupo ya no mola porque lo conoce mucha gente. Pero en los 90 la gente se lo gozaba en los conciertos. Es más, se lo gozaba en festivales a lo grande con grupos a los que hoy en día la gente ve clavada en el sitio pese a considerarlos míticos. Si, ya sabemos que en un concierto de Enter Shikari la gente hace el mongolo a base de bien, pero estoy hablando de música. En aquella época podías escuchar a un grupo no especialmente agresivo y volverte loco o incluso estar en un Reading o Lollapalooza y que todo el mundo estuviera a una pogueando con una banda del momento a plena luz del día.

Hoy nos parece imposible. Da la sensación de que para cuando el grupo visita tu país ha dejado de molar un 25% y probablemente a la segunda seas lo suficientemente precavido de no acercarte a las primeras filas no sea que alguien se chive a la policía del trueismo. Así siempre puedes poner una excusa: "¿Tame Impala? No, no, yo les vi sólo de lejos y de pasada mientras iba a ver a Orchestre Poly-Rythmo de Cotonou". ¿Hasta cuando vamos a seguir siendo así de gilipollas?

 

El pogo de los 70 >>>>>>> El pogo de los 2010

 

Ser el raro de tu clase

Supongo que estas cosas siguen pasando, porque la cultura musical en el fondo no ha cambiado mucho, sino que simplemente quien se interesa por la música tiene más facilidad hoy para hacerse licenciado en foros y master en debates de red social. Pero algo que ya nadie va a vivir es ese cierto aislamiento, ese ser el bicho raro de clase, ese sentirse marginado pero al mismo tiempo guay y que te pidan discos de Oasis o Red Hot Chili Peppers cuando de repente lo petan a lo grande.

Ese intercambiar cintas de Nofx con el que lleva pantalones en los que caben tres de la clase o de Pantera con el heavy repetidor con más vello facial, ese buscar los gustos tangenciales y los puntos de unión con otros "music nerds" antes de que supiéramos qué coño era un “music nerd”. Si ya pillabas un CD no estabas para hacerle muchos ascos, ya podía ser de Garbage o de La Polla, tú te lo ibas grabando y luego ya verías qué hacer. No ahondaré mucho en traumas del pasado como el (ex)amigo que siempre te devolvía el CD con alguna de las pestañas del centro rota. Por cierto, que dicha cumbre del diseño industrial merecería un artículo de blog aparte.

Todo ese aislamiento era duro pero al mismo tiempo mucho más entrañable que chatear durante horas con gente que comparte tus gustos casi al dedillo porque os habéis formado casi idénticos prejuicios a través de similares círculos digitales. Aquello era parte de la esencia de un ‘teenage angst’ que no puede ser tan malo si movió a tanto músico a hacer ruido en sus propios términos.

Jose Mari, no te hagas el tonto y devuélveme el “Antichrist Superstar”, jodío.

 

Y hasta aquí, por ahora, esta serie. Si habrá trilogía, con sus secuelas y precuelas es algo que el lobby de fabricantes de franela y el Pitchfork dirán. Pero no os olvidéis nunca que el lado oscuro acecha y hay gente despiadada a la que los 90 no le gustan nada de nada.