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Crónica: Low Festival - Benidorm (25/07/2014)

25/07/2014, Benidorm
7.0
7
Ciudad Deportiva Guillermo Campoamor, 71.000 asistentes (total)
Precio: varios precios
http://feiticeira.org/

Tras pasar un año semidormido musicalmente, Benidorm volvió a la vida musical los días 25, 26 y 27 de Julio en la sexta edición de su Low Festival, con un nombre nuevo y una personalidad que resiste a la cambiante geografía nacional en materia de festivales.

El trabajo impecable a la hora de conformar la experiencia hay que concedérselo a la organización: Low Cost, ahora Low Festival, no se entiende sin Benidorm; y el público asistente no entiende Benidorm sin Low Festival. Esta combinación ganadora consigue que playa, piscina, rascacielos kitsch, nombres internacionales atrayentes y sobredosis de pop nacional sean los ingredientes elegidos para cerrar el mes de Julio, previa compra de abono.

El secreto quizás sea equilibrar el cartel al límite con un poco de todo para todos. De esta forma cada uno diseña su experiencia a medida y la satisfacción está más o menos asegurada, con énfasis en el más o menos.

 

VIERNES

La bienvenida que tuvimos fue el telón de fondo de The Hives, que mostraba a un personaje con el rostro desencajado moviendo hilos de marionetas. Ellos eran los encargados de brillar como reclamo en el apartado internacional del viernes, aunque con perspectiva, su actuación no llegó a ser brillante precisamente. Chaquetas blancas, luces que las replicaban y mucha energía de primeras. Quizás fue su fama precediéndoles demasiados metros por delante lo que provocó que se vieran presos de las expectativas y de la arrolladora personalidad de su frontman, Pelle Almqvist, que no paró de hacer incisos (tratando de hablar español) en todo el concierto. Sus intervenciones restaron ritmo y minutos a un recital que, si no hubiera sido por ellas, habría pasado con nota. Algo muy compatible con que durante la ejecución de las canciones se hicieran cargo de su sobrenombre de "animales del directo": “Main offender”, “Tick Tick Boom” o “Hate to say I told you so” compensaron algo.

La pareja Blood Red Shoes continuó el discurso extranjero en el segundo escenario principal sorprendiendo con mucha energía y simplicidad. Laura May-Carter hizo recuento de guitarras y riffs mientras Steven Ansell aceleraba el ritmo y el paso con la batería reconstruyendo en directo su característico rock puro y primitivo, poco habitual en festivales como este. Lástima que el público, que tanto se implicó al principio, fuera restando atención a medida que pasaban los minutos, pues la desbordante oferta en otros escenarios unida a que la actuación se volvió más plana a partir de la mitad, deslucieron ligeramente el final. Aún así, estuvo bien, muy bien.

El siguiente plato fuerte fue Vetusta Morla, que desató las pasiones habituales entre los presentes. Los de Madrid cumplieron, como se esperaba, con las contradictorias limitaciones de un entorno como aquél, concentrando sus grandes temas en un setlist que se alargó para bien. Fueron disfrutados, acompañados y aplaudidos como nadie. En el espacio abierto, sus canciones se transformaron en himnos, con la gran desventaja que para un grupo como ellos esto supone: se perdieron irremediablemente los matices, esos lugares escondidos y visitados donde reposa la verdadera esencia de Vetusta Morla.

Para terminar la selección del día Holy Ghost! se hicieron cargo del escenario grande desmantelando prejuicios hacia la electrónica, con instrumentos tan básicos como guitarra y batería, combinados con un arsenal de teclados que aportaron los detalles que sus temas traen de serie. El público presente, bastante escaso, se mantuvo fiel a sus movimientos durante toda la actuación.

 

SÁBADO

El sábado era el día grande por su nombre propio. Pero antes del momento esperado, pasaron otras cosas sobre el escenario, The Horrors, por ejemplo. Con luces que acompañaban sus extraños paisajes sonoros, dieron cuenta a su setlist con pequeñas pinceladas de electrónica, con base segura en el post punk y recorrido por su nuevo disco.

Massive Attack se retrasaron unos minutos que apenas notamos por toda la intensidad de nuestra espera. Su apuesta por un setlist basado en temas archiconocidos fue ganadora, aunque no podía ser de otra manera: no sacan disco desde 2010. Paralelamente desplegaron un discurso socio-político salpicado de código binario en unos visuales impresionantes que oscilaban entre el blanco, negro y rojo. El juego de luces ensombrecía tan bien como iluminaba según el paraje visitado sobre el escenario. Hubo muchos cambios, muchas personas: hasta tres vocalistas diferentes (Martina Topley-Bird, Horace Handy y Deborah Miller), junto a una banda que respaldaba al dúo. Todo esto fue más que suficientes para recrear sus temas de forma creíble en nuestros oídos. Quizás fuera la consciencia de saber que verles puede ser cuestión de una vez en la vida, pero en su caso los matices no se perdieron en absoluto.

Otro tema es la controversia que desataron con sus demandas de última hora, que se tradujeron en la -injusta- reducción del concierto de Corizonas y el retraso del de Second (y del resto de la programación). La organización del festival justificaba su postura a la mañana siguiente en redes sociales: “la calidad audiovisual que exigía el show de Massive Attack requería atenuar las luces y el sonido de los escenarios adyacentes”.

En un escenario mucho menor, llegó el turno a Belako que defendieron su posición con valentía y actitud, tal y como empieza a esperarse de ellos. Repasaron su debut “Eurie” de forma enérgica y con paso seguro, bis incluído. El público se sabía sus canciones, algo muy reseñable dada su naturaleza: estamos hablando de rock en un festival en el que el pop arrasa con el resto de géneros. Poco les queda de promesa y mucho por recorrer a estos chicos y chicas.

Editors mantuvieron su estatus de banda-estadio, recorriendo con seguridad temas que se abrían a su paso: desde sus primeros discos hasta lo último de lo último, con énfasis y permiso de la demandada “Papillon” que cerró un concierto grande, en sonido, en presencia y en resultados.

Money for Rope, muy afectados en horario por el retraso, se dedicaron a tocar música y a pasárselo bien en su escenario. Con un intérprete intrépido y un teclista que llama la atención, conectaron mucho con la congregación de público que les desconocía probablemente y que respondió religiosamente a sus demandas. Nota (ilustrativa): terminaron su intervención dándole de beber Jaggermeister de la botella a los valientes de las primeras filas. Minipunto por dar ejemplo de lo que predican.

“Gracias por venir al after de Massive Attack” fue una de las impagables perlas que The Parrots nos regalaron entre sus canciones. Si no fuera porque su concierto fue de los mejores, podría decirse que su naturaleza de liantes encantadores que pasan de todo y todos, le robó protagonismo a la música. Pero no. Hubo sudor, saltos, desenfreno y hasta pogos. Fue un compendio más que satisfactorio, muy bien medido (en su descontrol) en el que no perdieron de vista un segundo a quiénes tenían delante: punk sí, pero punk respetuoso para dar cuenta de sus temas. Muy bien.

 

DOMINGO

Con el cambio de día, el domingo les tocó a Pony Bravo hacer frente a un sol que desafiaba termómetros. Pero no importó, si tenemos en cuenta que su actuación de tarde estaba bastante concurrida. Los de Sevilla ofrecieron un buen concierto, como siempre, en el que pasaron por “De palmas y cacería”, su último disco, con pequeñas pinceladas obligatorias como “La rave de Dios”. Siempre es una buena experiencia verles en acción.

Oso Leone tomaron el escenario por el que el día anterior pasaron Belako y The Parrots, para recrear su “Mokrágora” y otros temas de su trabajo anterior, de una forma más que elegante. Aunque la estridencia sonora de alrededor impidió la conexión con ellos al principio, en pocas canciones lo solventaron y mantuvieron al público con ellos durante un buen rato.

Por último, Kaiser Chiefs, que reventaron el escenario del estadio casi literalmente. El cansancio no importó porque ellos reponían la energía con cada éxito que tocaban y no fueron pocos. Ricky Wilson (vocalista), se dedicó a correr de un extremo a otro del escenario, llegando incluso a subirse a los laterales del mismo, mostrando que su directo, con el nuevo disco, está más que en forma para lo que venga. Lo difícil era mantenerse inmóvil cuando sonaron “Ruby”, “I predict a Riot” o “Modern Life”. Nos dejaron con ganas de más porque su show fue justo e incluso mejoró los temas que tantas veces hemos escuchado. Quizás el mejor concierto del festival, con permiso de Massive Attack.