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Crónica: Intro Music Festival - Valladolid (10/12/2016)

10/12/2016, Valladolid
8.5
7
Pabellón Feria de Muestras,
Precio: desde 29 euros
http://feiticeira.org/

El sábado del Intro Music se estructuraba del mismo modo que el día anterior: grupo “telonero”, artista consolidado, grupo con clara proyección de crecimiento, valor incontestable y banda reconocida para el fin de fiesta. Bueno, aceptemos que ese valor seguro en la segunda jornada (Love Of Lesbian) no tuvo una réplica comparable durante el primer día en la actuación de L.A. si hablamos de poder de convocatoria. Pero salvando este detalle, el paralelismo con el que afrontaba el público el cartel de ambos días era más que evidente. El telón lo iba a descubrir un grupo que, ante un continuo estatus de progresión incompleta durante una década, bien podría ocupar plaza en la primera división si descubriera la fórmula de enganche definitiva en un futuro disco. Eladio (Y sus Seres Queridos) es un maestro imprimiendo un tic risueño a su pop poético que alcanza, en estribillos, un punto trascendente, engordado por la ensoñación que marcan sus instrumentos (pruebas: “Viviendo Con Miedo” o “La Bella Durmiente”).

Tras media hora de descanso, la organización colocó (así, tan prontito) al –según los premios anuales de “la música independiente”- mejor álbum de pop de 2015. La jugada de Xoel López sin compañeros en el escenario (¿cuestión del caché?) es arriesgada y discutible en esta fase final de la gira de “Paramales”. Si nos fijamos en lo estético, el problema de ese enfoque solitario es que trasladar discos que destacan por los coros y por su variedad rítmica -ligada a sonoridades latinoamericanas, mestizas o folk- los deja huérfanos por mucha proyección solvente de las intenciones expuestas. Por otro lado, actuar con las “espaldas bien descubiertas” refuerza el ‘autobiografismo’ de unas letras que, en los últimos años, han reflejado los viajes del músico gallego por todo el mundo. Coreado y aclamado, Xoel escenificó una suerte de Dylan multi-orquesta (hasta su boca imita instrumentos ausentes) que sale indemne gracias a su capacidad vocal, temple y un exquisito sonido arropado desde la mesa del técnico. Así consigue arropar cualquier recinto.

Muy agradecidos con el músico fueron, en el saludo de bienvenida, sus sucesores en las tablas: los manchegos Mucho, con su carismático y friki Martí Perarnau al frente. Con algunos Sunday Drivers en sus filas, su “mandanga cósmica” tuvo el complicado reto de hilar el puente con los esperados Love Of Lesbian. Una oportunidad bien aprovechada ante un público demasiado impersonal, heterogéneo y esquivo en el cumplido. Su objetivo es popularizar, con fuerte presencia de teclados, una propuesta visual, irónica y psicodélica que enraíza con el espíritu “independiente” más noventero, pero a la que le faltan -ojo, que tampoco lo buscan- canciones más redondas para saltar al nivel masivo. Momentos pausados (“Grupo Revelación” o la balada-protesta “Perro Negro S.L.”) con otros refulgentes (“Las Puertas Del Infierno”) y bailables (“Nuevas Ruinas”), pero siempre con ese particular punto trágico-cómico (“El León De Tres Cabezas”) sólo apto para mentes abiertas.

Llegó entonces el mejor concierto del festival, tanto para amantes o detractores de Love Of Lesbian. Incidir de nuevo lo comentado en la crónica del primer día: sin la progresiva exposición mediática, los catalanes no hubieran dispuesto de tantos recursos para colorear sus repertorios. Pero las canciones están ahí, gusten o no. Versatilidad y originalidad en unas composiciones que brillan en un universo con lenguaje propio gracias a la naturalidad y el humor -a la par que seriedad- con los que el grupo las afronta en vivo. Si encima añadimos un exuberante espectáculo lumínico con elementos (videos) generados en tiempo real en las proyecciones, contemplamos y escuchamos un guión premeditado pero no forzado (desde el despoje de la ropa de Santi Balmes hasta los sutiles cambios de foco para dirigir la atención en los puntos clave de cada tema), que no puede fallar mientras tenga un hormigón de temas bien consistente. Masticados y despedazados clásicos como “Allí Donde Solíamos Gritar” o “Club De Fans De John Boy”“Algunas Plantas” sigue soplando fresca al sonar, mientras juegan con el público-, con el advenimiento del disco “El Poeta Halley” destacan, más allá de las evidentes “Bajo El Volcán” o “Cuando No Me Ves”, nuevos minutos de baile (“El Yin y El Yen”), de rabia contenida (“I.M.T.”) o la épica jocunda y reivindicativa que perpetran los acordes de “Planeador”, broche final del concierto.

Para terminar, si hablábamos del peligro de tener a una audiencia entregada desde el minuto 1 (ver día previo, Dorian), Sidonie arrojan la piedra y esconden la mano. Con el puntito justo de osadía al escoger ciertos temas (es cierto que el setlist podría haber sido un popurrí de estribillos donde no hubieran hecho falta las cuerdas vocales de Marc), el trío, convertido en directo en quinteto por necesidad (La aventura del disco “Sierra y Canadá” exigirá para siempre teclados), deslizó oportunidades inmejorables para el lucimiento de su cantante, muy crecido como frontman (liga, baila, salta, dramatiza y bufonea como nunca): “Siglo XX” (su canción favorita dentro del recién estrenado “El Peor Grupo Del Mundo”), “Yo Soy La Crema” (baile muy erótico-sensual – de esto siempre han ido sobrados en sus coreografías-), “No Sé Dibujar Un Perro” (con paneles en forma de subtítulos para que el respetable cante con él) o “Un Día De Mierda” (recorriendo a lomos de un ayudante toda la platea del recinto besando en los labios a las fans más valientes). En homenaje a la ciudad del Pisuerga, el pucelano Javi Belva (Corizonas y Arizona Baby) acompañó al grupo ejecutando una espectacular y siempre alucinógena versión de “El Bosque”, recordando así los sonidos –anteriores al pop más funcional- que caracterizaban al grupo en sus inicios.